Fue cuando subimos al auto con Quique.Él puso la radio y los recuerdos se vinieron de golpe, como una avalancha.
-Uh, Bon Jovi!...
-Qué? te gusta?
-Sí... Me recuerda a...
a...
a...
1989. Diecisiete años y un novio inesperado. El mundo, como siempre a esa edad, contra una, y él en medio, protegiéndome de todo.
Se ganó a mi papá, a mi mamá, a mis abuelas y a mis hermanos más chicos. Entendía mi amor por Morrisey, mis enojos, mis caprichos. Me celaba, me cuidaba. Peter Pantera me adoraba.
Fué el primero (y éso hay que aclarárselo a todas las chicas: él primero nunca se olvida). Cuando dejamos de vernos, mi viejo me dió un sermón que recordaría muchos años después: los que te quieren, no son descartables.
Qué cuernos sucede en la cabeza de una chica de diecisiete años, como para dejar un amor con garantía de por vida, y dedicarse a saltar precipicios.
viernes, 28 de octubre de 2011
martes, 4 de enero de 2011
-Y en qué año llegó?
-Ay! Qué se ió!
-Pero nada te contaron? NADA?
-No te estoy diciendo que ió tenía cuatro años cuando se murió?
-...cachen`dié...
Así se desarrollaba este diálogo, entre los vapores de la sidra y el clerico fizz, el sábado pasado.
La que preguntaba era yo, y la que respondía mi mamá, desconcentrada, mientras jugaba al rummy con la Pauli.
Quien suscribe, desparramada en el sillón, miraba "Promesas del este". En la secuencia del cumpleaños familiar en restaurant, un ruso pelilargo toca en su acordeón "Ojos negros", y toda la familia la corea.
Ahí es cuando la madre (que le hacía trampa a la nieta en las cartas), grita: "Esa canción tocaba mi nono Antonio!!!"
Y despues, el diálogo que reproduje.
Se sabe que Antonio Scafi llegó de Sicilia a fines del siglo XIX. Se sabe que nació un 4 de enero, pero no de qué año. Se sabe que era muy pobre. Se sabe que tuvo siete hijos y enviudó joven, que trabajaba la viña, que todos los varones aprendieron a tocar el acordeón, y que todas las mujeres aprendieron tarde a leer y escribir y temprano a hacer pan y a tener muchos hijos (que a mi modo de ver, es casi lo mismo). Se sabe que todos sabían "Ojos negros", que en sus patios habían sillas de totora, y que fueron cariñosos con sus nietos.
No se sabe en que año murió, porque los testigos jóvenes eran jóvenes, y los testigos viejos se murieron.
Queda una foto de él (que no salga de Desaguadero que la tiene mi mamá), y desde ahí nos mira sonriendo, con unos ojos del color que dicen que tienen aquellos que trae el mar, prolijamente vestido, flaco y enjuto, con boina y bastón. No sé si es negocio que mi vieja la tenga, porque la ve y llora.
y no se sabe nada más.
De la familia que dejó y conozco, las mujeres sabemos amasar, tener hijos, cantar y trabajar. Los varones, reirse mucho, tomar vino, y gritar en la calle tu nombre y abrazarte para saludarte.
Ni uno indiferente al sufrimiento ajeno, ni uno cobarde, ni uno que no sepa consolar.
y creo, si me animara a hacer la prueba, que todos sabríamos "Ojos negros".
-Ay! Qué se ió!
-Pero nada te contaron? NADA?
-No te estoy diciendo que ió tenía cuatro años cuando se murió?
-...cachen`dié...
Así se desarrollaba este diálogo, entre los vapores de la sidra y el clerico fizz, el sábado pasado.
La que preguntaba era yo, y la que respondía mi mamá, desconcentrada, mientras jugaba al rummy con la Pauli.
Quien suscribe, desparramada en el sillón, miraba "Promesas del este". En la secuencia del cumpleaños familiar en restaurant, un ruso pelilargo toca en su acordeón "Ojos negros", y toda la familia la corea.
Ahí es cuando la madre (que le hacía trampa a la nieta en las cartas), grita: "Esa canción tocaba mi nono Antonio!!!"
Y despues, el diálogo que reproduje.
Se sabe que Antonio Scafi llegó de Sicilia a fines del siglo XIX. Se sabe que nació un 4 de enero, pero no de qué año. Se sabe que era muy pobre. Se sabe que tuvo siete hijos y enviudó joven, que trabajaba la viña, que todos los varones aprendieron a tocar el acordeón, y que todas las mujeres aprendieron tarde a leer y escribir y temprano a hacer pan y a tener muchos hijos (que a mi modo de ver, es casi lo mismo). Se sabe que todos sabían "Ojos negros", que en sus patios habían sillas de totora, y que fueron cariñosos con sus nietos.
No se sabe en que año murió, porque los testigos jóvenes eran jóvenes, y los testigos viejos se murieron.
Queda una foto de él (que no salga de Desaguadero que la tiene mi mamá), y desde ahí nos mira sonriendo, con unos ojos del color que dicen que tienen aquellos que trae el mar, prolijamente vestido, flaco y enjuto, con boina y bastón. No sé si es negocio que mi vieja la tenga, porque la ve y llora.
y no se sabe nada más.
De la familia que dejó y conozco, las mujeres sabemos amasar, tener hijos, cantar y trabajar. Los varones, reirse mucho, tomar vino, y gritar en la calle tu nombre y abrazarte para saludarte.
Ni uno indiferente al sufrimiento ajeno, ni uno cobarde, ni uno que no sepa consolar.
y creo, si me animara a hacer la prueba, que todos sabríamos "Ojos negros".
jueves, 22 de julio de 2010
-34....... 57........ 12......
-Ay, casi!
-68....... 22....... Hummm, se siente olor a quemado!
-Uh! A ver....
-...cha, diga! Soy yo, se me quemó un poquito la punta!
Y así seguían, jugando con los maíces que al lunes siguiente se comerían las gallinas, pasándose el mate recontradulce y caliente, adecuado para esas tardes de domingo que me parecían eternas.
No recuerdo si primero fue una lata de dulce de batata, o una asadera vieja, pero si recuerdo el olor de los primeros braseros de mi Nona.
Los ubicaban casi de acuerdo a leyes físicas intuidas, abajo de la mesa de la cocina (que no por ser mesa de cocina era para seis personas.... no, que va: hasta dieciseis nos sentábamos a esa mesa). Cuando los pies de alguno no llegaban a su orilla, alguien renunciaba un ratito al calor y lo pasaba, "...con cuidado, sin patearlo!", nos habían enseñado.
No sé de dónde salió, o quién se lo regaló, pero un día estrenó uno fabricado, con parrillita alrededor, y unas patitas, muy paquete. Lindo, pero muy difícil de manejar.
Porque los chicos, los nietos, los manejábamos, claro que sí. Solamente bastaba contar con diez años cumplidos, y ya podíamos. Bah, podíamos muchas cosas, pero llenar el brasero nos hacía pasar a otro nivel, era como el preámbulo de empezar a cocinar solas o hacer el asado solos.
Las instrucciones eran pocas, pero estrictas en su cumplimiento:
. No llenarlo hasta el tope.
.Sostenerlo con los brazos firmes.
.Si se sacaban muchas brasas, había que poner tronquitos nuevos, para más tarde.
Repartía calor para todos lados, y no discriminó nunca entre zapatillas de corderoy y zapatos Hormagrand al momento de quemar suelas. Y el olor , dios mío!, el olor del calor mezclándose con la tierra del piso no lo sentí nunca más. Algún aguafiestas le regaló después a la abuela una estufa a garrafa.
No recuerdo ningún lampazo quemado por pasarle cerca, ni haberlo apagado jamás echándole agua. Se apagaba solito, a la noche, cuando ya nos habíamos ido o estábamos durmiendo al calor del abrazo de la Nona....
Y ahora que lo pienso, creo que recordar una cosa me hizo extrañar la otra.
-Ay, casi!
-68....... 22....... Hummm, se siente olor a quemado!
-Uh! A ver....
-...cha, diga! Soy yo, se me quemó un poquito la punta!
Y así seguían, jugando con los maíces que al lunes siguiente se comerían las gallinas, pasándose el mate recontradulce y caliente, adecuado para esas tardes de domingo que me parecían eternas.
No recuerdo si primero fue una lata de dulce de batata, o una asadera vieja, pero si recuerdo el olor de los primeros braseros de mi Nona.
Los ubicaban casi de acuerdo a leyes físicas intuidas, abajo de la mesa de la cocina (que no por ser mesa de cocina era para seis personas.... no, que va: hasta dieciseis nos sentábamos a esa mesa). Cuando los pies de alguno no llegaban a su orilla, alguien renunciaba un ratito al calor y lo pasaba, "...con cuidado, sin patearlo!", nos habían enseñado.
No sé de dónde salió, o quién se lo regaló, pero un día estrenó uno fabricado, con parrillita alrededor, y unas patitas, muy paquete. Lindo, pero muy difícil de manejar.
Porque los chicos, los nietos, los manejábamos, claro que sí. Solamente bastaba contar con diez años cumplidos, y ya podíamos. Bah, podíamos muchas cosas, pero llenar el brasero nos hacía pasar a otro nivel, era como el preámbulo de empezar a cocinar solas o hacer el asado solos.
Las instrucciones eran pocas, pero estrictas en su cumplimiento:
. No llenarlo hasta el tope.
.Sostenerlo con los brazos firmes.
.Si se sacaban muchas brasas, había que poner tronquitos nuevos, para más tarde.
Repartía calor para todos lados, y no discriminó nunca entre zapatillas de corderoy y zapatos Hormagrand al momento de quemar suelas. Y el olor , dios mío!, el olor del calor mezclándose con la tierra del piso no lo sentí nunca más. Algún aguafiestas le regaló después a la abuela una estufa a garrafa.
No recuerdo ningún lampazo quemado por pasarle cerca, ni haberlo apagado jamás echándole agua. Se apagaba solito, a la noche, cuando ya nos habíamos ido o estábamos durmiendo al calor del abrazo de la Nona....
Y ahora que lo pienso, creo que recordar una cosa me hizo extrañar la otra.
domingo, 6 de septiembre de 2009
Y ésto?
Acá de nuevo.
Me invité para recordar, lo que me gusta y por qué.
Cuál es el chiste?
Todos tenemos gustos en común, o no.
Pero hubo algo que nos hizo elegir.
Y sin querer, tenemos nuestra historia, contada desde otro lado.
Me invité para recordar, lo que me gusta y por qué.
Cuál es el chiste?
Todos tenemos gustos en común, o no.
Pero hubo algo que nos hizo elegir.
Y sin querer, tenemos nuestra historia, contada desde otro lado.
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